LA REVOLUCIÓN DE MAYO: El movimiento juntista de 1810
 

Las noticias que llegaban desde Europa a principios de 1810 eran desalentadoras para la causa de la resistencia antifrancesa. La presencia del propio e invencible Napoleón en España parecía condenar irreversiblemente a la derrota a los defensores de los derechos del “rey cautivo” Fernando VII, y el elemento criollo, en toda la extensión de vastísimo imperio español, debió necesariamente plantearse la interrogante clave, si España desparece, absorbida por Francia, o si José Bonaparte se consolida como rey, ¿qué va a ser de estas colonias?

Era, por supuesto, un momento trágico para  los patriotas españoles. Pero, a la inversa, representaba una ocasión óptima, para que la burguesía criolla, ávida de libertades comerciales y autonomía política, pudiese lograr sus objetivos. Por ello, resulta perfectamente natural el estallido del poderoso movimiento juntista de 1810, que fue el inicio del derrumbe de un sistema colonial que ya agonizaba. España no estaba en condiciones de detener una rebelión de sus colonias y los intentos que realizara la Junta de Sevilla para lograr el apoyo de éstas a través de concesiones resultaban insuficientes para las aspiraciones criollas. Por ello, y aplicando el principio consagrado por los propios españoles de retroversión de la soberanía a los pueblos, en todas las zonas del imperio se produjeron movimientos juntistas que sustituyeron las autoridades coloniales por otras integradas por elementos criollos. Después de todo ¿no eran también “pueblo” los americanos?

El 29 de enero de 1810, la Junta de Sevilla, instalada transitoriamente en la isla de León debido a los avances de las tropas francesas, convocó a cortes en Cádiz y decretó su disolución, nombrando en su lugar un Consejo de Regencia de 5 miembros. Sobre finales de marzo la noticia ya se había extendido por toda América (…) en abril se instaló en Caracas la primera junta criolla emanada de la “retroversión de la soberanía al pueblo”; en mayo se produjo la instalación de la junta de Buenos Aires, que sustituyó al virrey; en julio estalló el movimiento juntista en la capital del virreinato de Nueva Granada, Bogotá; ese mismo mes se precipitaron los disturbios en Chile, que culminarían en la constitución de una junta de gobierno; en agosto se constituyó la junta de Quito; en septiembre en México –virreinato de Nueva España-el cura Hidalgo realizó su llamado revolucionario que determinó el inicio del movimiento más popular y radicalizado del continente. Algunos de estos movimientos se consolidaron y triunfaron, otros fueron reprimidos y dominados transitoriamente por las autoridades coloniales, que tuvieron su poder en Lima, capital del Virreinato del Perú; pero, considerados colectivamente, significaron la debacle del sistema colonial español. 

El movimiento juntista de 1810 tuvo las siguientes características básicas:

a)      fue general. Con la excepción del Perú, se produjo en todas las zonas del extenso imperio español.

b)      Fue espontáneo. No obedeció a un plan general, sino que surgió según las características particulares de cada zona. Las juntas de las diversas regiones actuaron independientemente las unas de las otras, sin coordinar esfuerzos sino de forma muy circunstancial. 

c)      Fue autonomista. Esto quiere decir que no tuvo, al comienzo, una definición clara por la independencia respecto a España, (…) Sus protagonistas exigían el autogobierno pero no objetaban en principio la pertenencia a la monarquía española. Debe señalarse, sin embargo, que en todas las juntas que constituyeron actuaban elementos radicales que querían la independencia, aunque inicialmente fueron minoritarios. Esta situación (…) cambiaría rápidamente ante la intransigencia de las autoridades coloniales. 

d)     Fue patricio. Pese a que tanto sus protagonistas como los historiadores americanos posteriores hablan de “el pueblo”, las convulsiones revolucionarias sólo afectaron a las clases altas y no modificaron sustancialmente la realidad social de las clases populares, que participaron de forma muy reducida y circunstancial. Los dirigentes criollos aspiraban a lograr el derecho de autogobernarse, pero no tenían interés en modificar la estructura social, que dejaba a indios, negros (esclavos o libres) y campesinos en la escala inferior de la pirámide. 

Este carácter patricio tuvo dos excepciones fundamentales; una fue el movimiento mexicano de 1811, liderado por los curas Hidalgo y Morelos, que levantó reivindicaciones sociales y tuvo carácter de rebelión popular. Y la otra, el gran movimiento federal del Río de la Plata, encabezado inicialmente por Artigas, más tarde por caudillos de algunas provincias argentinas y por último por los porteños Manuel Dorrego y Juan Manuel de Rosas. En esta corriente, pese a que la conducción estuvo por lo general a cargo de grandes terratenientes, participó de forma directa el elemento popular del medio rural (gauchos y peones), y posteriormente, el pobrerío de las ciudades

e)      Contó con el apoyo de Inglaterra. Una de las principales reivindicaciones de los juntistas de 1810 era la ruptura del monopolio económico y la instalación de un sistema de comercio realmente libre. Esta aspiración coincidía con los intereses de Inglaterra, por entonces dueña absoluta de los mares y rectora del desarrollo económico internacional por estar viviendo la revolución industrial. El apoyo inglés fue discreto, pues el imperio británico era aliado de España en la lucha contra Napoleón y tenía interés en evitar conflictos con la metrópoli de América. (…)


LA SEMANA DE MAYO EN BUENOS AIRES 

Desde que llegaron las noticias de la invasión napoleónica a España había ambiente conspirativo en Buenos Aires. (…) Los principales cabecillas de esa actividad conspirativa eran personalidades vinculadas al comercio exportador, al ejército y a las profesiones liberales (doctores). Destacaban entre ellos Manuel Belgrano, Nicolás Rodríguez Peña, Juan José Castelli, Juan José Paso, Mariano Moreno, Martín Rodríguez y un largo etcétera. Se reunían en sitios reservados, pero sin demasiado secreto: la quinta de Rodríguez Peña, el domicilio de Belgrano, la jabonería de Vieytes (…)

El 13 de mayo de 1810 llegó a Montevideo la fragata John Parish, con noticias importantes: la huida de la Junta Central Gubernativa de Sevilla a la isla de León y de las derrotas constantes de la resistencia española. El 14 arribó a Buenos Aires el buque británico Mistletoe, que traía periódicos del mes de febrero confirmando estas noticias.

(…) El virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros no dejó de apreciar el peligro de la situación y trató de calmar las aguas: el 18 de mayo redactó una proclama en la que se comprometía, en caso de confirmarse el cese de la resistencia en España, a convocar a un congreso de todas las provincias del virreinato para determinar cuál sería su destino. 

La proclama se hizo pública el día 20, pero para entonces los líderes del partido criollo autonomista estaban en plena ebullición. Se sucedían las reuniones de corte conspirativo, en las que participaban algunos destacados jefes militares (…) como Cornelio Saavedra. (…)

El 19 de mayo Manuel Belgrano, (…) Cornelio Saavedra, máxima autoridad militar del virreinato, y jUan José Castelli, joven abogado, que jugaría un papel decisivo en los hechos por venir, se entrevistaron con algunos jerarcas del cabildo porteño y plantearon su punto de vista, exigiendo la inmediata realización de un Cabildo Abierto para tomar una determinación política que pusiera fin a la acefalía. 

Cisneros convocó a los jefes militares y éstos, aunque en términos moderados, se expresaron a favor de la realización del cabildo Abierto. Esa misma noche Castelli y el militar Martin Rodríguez mantuvieron una turbulenta entrevista con el virrey, a quien pidieron directamente la dimisión; Cisneros trató de “atrevido” a Castelli, pero al ver que no contaba con respaldo en elemento militar, terminó diciendo que, dado que nadie lo apoyaba, “hagan ustedes lo que quieran”. Superado por los acontecimientos el Virrey terminó pidiendo a Castelli seguridades sobre su destino personal y el de su familia, cque le fueron garantizados. 

El domingo 20 Coornelo Saavedra, máxima autoridad militar, Manuel Belgrano y Juan José Castelli se entrevistaron con dos destacados  miembros del Cabildo. “Sugiriendo” la realización de un Cabildo Abierto en el que se discutiese la situación, como forma de evitar un estallido de violencia. (…)

El Congreso del 22 de mayo [se enfrentaron muchas posturas respecto a la situación que se estaba viviendo en la metrópoli y lo que debía pasar en América] (…) al caducar la autoridad del rey y desaparecer sus organismos depositarios temporales, la potestad de los virreyes y restantes autoridades subalternas también ha cesado. (…) el virrey Cisneros había sido designado por un organismo –la Junta Central Gubernativa- que ya no existía. (…) Castelli sostuvo que la situación del momento era de acefalía; que la autoridad del virrey y demás instituciones locales había caducado y que el pueblo criollo estaba en condiciones de ejercer su soberanía, dándose el gobierno que mejor conviniese. En su opinión, debía constituirse una junta autónoma de gobierno. (…) Paso coincidió con Castelli y sostuvo que la situación de ese momento era de acefalía, por lo que se hacía necesaria una expresión de la soberanía popular. (…) Villota planteó una objeción sobre el derecho de los ciudadanos de Buenos Aires a tomar medidas sobre autoridades cuya jurisdicción trascendía ampliamente el marco urbano. Así como en una situación de crisis familiar –dijo- corresponde al hermano mayor hacerse cargo de los intereses de los menores, así Buenos Aires, “hermana mayor” de las otras provincias del virreinato (por ser la capital), debía investir la representación provisorio de éstas (sus “hermanas menores”) hasta que pudiera reunirse una asamblea provincial en la que todos pudieran hacer oír sus opiniones. 

La muy discutida tesis de la “hermana mayor” (…) encierra la postura política del unitarismo, basada en la necesidad instalar un gobierno fuerte y centralizado en Buenos Aires, sede de la “civilización” enfrentada a la “barbarie” provincial. Contra esta tesis política se alzará más tarde el vigoroso movimiento provincial autonomista conocido como federalismo. (…)

LA REVOLUCIÓN ORIENTAL
La independencia de los territorios que constituían la llamada Banda Oriental del Uruguay se produjo a través de un largo proceso iniciado en 1811 y culminado en 1820 con la anexión transitoria de esa provincia a Portugal. Su figura central fue José Artigas, por lo cual el período suele conocerse también como Ciclo Artiguista. 

CARACTERIZACIÓN GENERAL

Dicho movimiento, inicialmente de carácter autonomista, evolucionó rápidamente hacia posturas independentistas, ya expresamente sostenidas en las instrucciones que llevaban los diputados orientales al congreso provincial reunido en Buenos Aires en 1813. En ningún momento se planteó la posibilidad de crear, en el territorio oriental, un país independiente de las demás provincias del Virreinato del Río de la Plata. Empero, en la lucha por resistir las imposiciones del centralismo de Buenos Aires y la consiguiente aspiración a lograr la autonomía política (inserta en una concepción federal) fue gestándose un fuerte sentimiento particularista (“la orientalidad”) que terminaría por fundamentar la separación. 

A diferencia de otros movimientos emancipadores americanos, que estuvieron protagonizados y dirigidos por las burguesías portuarias y los terratenientes, el gran movimiento federal rioplatense, iniciado en la Banda Oriental por Artigas, presentó un perfil revolucionario de corte social traducido en la incorporación de las masas del medio rural (que seguían a sus caudillos naturales) y en reivindicaciones sobre la propiedad de la tierra. Este carácter se expresó de varias formas en todas las provincias que participaron del movimiento federal; en la Banda Oriental lo hizo esencialmente a través del reglamento de tierras artiguista de 1815 y de los proyectos tendentes a incorporar a la población indígena a la organización política que se estaba construyendo. 

El proceso de integración federal sufrió un duro traspié cuando la Banda Oriental fue conquistada por los portugueses e incorporada a esa monarquía, y luego al imperio del Brasil, en 1821. Este hecho no sólo terminó con quien había sido el inspirador y caudillo del federalismo (Artigas), sino que quitó transitoriamente a las demás provincias del puerto de Montevideo, esencial para evitar la dictadura económica portuaria de Buenos Aires. 

En resumen: la revolución oriental fue tempranamente independentista, rural (estalló y se difundió en ese medio, y Montevideo sólo participó en ésta de forma periférica y parcial), agraria, en el sentido social del término (participaron de ella las masas del medio rural con reivindicaciones sobre la posesión y la propiedad de la tierra), republicana y federal. Aunque en esta etapa no se planteó la posibilidad del Uruguay independiente, en la lucha por la autonomía provincial se fue gestando un sentimiento nacional que adquiriría más tarde realidad política.  

MAIZTEGUI CASAS, Lincoln R., Orientales, Una historia política del Uruguay, tomo I, De los orígenes a 1865, Ed. Planeta, Buenos Aires, 2005